La autonomía y su importancia en los niños

¿Qué es exactamente la autonomía?

El ser humano es de las pocas especies que nacen particularmente dependientes. Con solo 9 meses de gestación, son muchas las funciones biológicas y psíquicas que quedan supeditadas a nuestros cuidadores. Nacemos como seres dependientes. Necesitamos de un otro que nos alimente, nos cuide, nos calme, nos acompañe, ponga palabras a nuestra experiencia… Siendo esta nuestra condición, gran parte del reto de las figuras parentales es  ir generando autonomía en el niño. Poco a poco es pasar del “mis padres me bañan” al “yo soy capaz de bañarme”, “mis padres me dan de comer” al “yo soy capaz de comer solo”…

Cuanto más crece el niño, más autónomo esperamos que sea, pasa del control externo (lo que otros hacen por mi bienestar) al control interno (lo que yo hago por mí mismo para cumplir mis funciones vitales y de desarrollo personal). Esto es fundamental para que el niño sea capaz de afrontar los retos específicos de su día a día y  para su desarrollo integral.

Para ello, de alguna manera, el niño se tiene que separar de los padres, reconocerse y ser reconocido como “alguien diferente a papá y mamá” que se enfrenta a la vida con sus recursos y limitaciones, aciertos y errores.

Es enfrentándose a los retos adaptados a su edad como el niño irá generando ese aprendizaje . Adoptará estrategias que le permitan generar una identidad centrada en sus propias capacidades y enfrentarse a la vida con mayor seguridad.

¿Por qué es importante?

La primera demostración que hace el niño de su autonomía es cuando empieza el gateo y la marcha, es capaz de desplazarse sin que otro le lleve, puede explorar, alejarse, acercarse, etc.  Los siguientes retos de autonomía tienen que ver con la alimentación, la higiene, poco a poco irse vistiendo solito…

La importancia de este proceso de autonomía tiene que ver con funciones psíquicas que se desarrollan gracias a este proceso de individuación. No es una cuestión solo conductual, de qué cosas hace el niño por sí mismo en su día a día, sino un asunto de especial relevancia en la construcción de la identidad del niño. De este modo, el niño se convertirá en un adulto capaz de tomar decisiones por sí mismo, ver qué es necesario en cada momento y actuar conforme a ello y generar un entendimiento sobre quién es él, cómo se siente, qué necesita…Esto además tiene un impacto en la autoestima y en su desarrollo emocional.

La función de los padres en la autonomía

Buena parte de este proceso dependerá de cómo guiemos a los hijos en este proceso. Es fundamental dejar  que los hijos se enfrenten diferentes retos,  que sean ellos los que vayan haciendo algunas cosas, cediendo espacio a nuevas tareas.

Una interesante pregunta que os invitamos a plantearos es… ¿Qué me pasa a mí cuando siento que mi hijo no me necesita de la misma manera? ¿Qué se me mueve a nivel emocional como padre/madre? Muchas veces  puede asaltar la sensación de que el hijo crece rápido, ya no es el mismo bebé que acunaba, que tanto me necesitaba, ya no hacemos cosas que nos gustaba compartir con él: los baños, ponerle su ropita… Es importante identificar esta sensación y reconocerla en uno mismo para que no caer en el error de seguir haciendo cosas por él que el niño ya podría hacer.

Si siempre hacemos las cosas por ellos o nos anticipamos sin que lo intenten estaremos  mandando el mensaje de que ellos no son capaces… Si, por el contrario, les dejamos sin ayuda ante retos difíciles, entonces sentirán que no pueden conseguirlo.

Entonces ¿cómo encontrar el equilibrio?

No existe la fórmula secreta, aunque sí muchos indicadores evolutivos y sociales sobre qué cosas puede ir haciendo un niño de diferentes edades por sí mismo.

Este proceso ha de darse poco a poco y con objetivos concretos y adaptados a su edad. No es fructífero que establezcamos una lista de muchas cosas que podría hacer y dejarle solo haciéndolas de golpe. Suele ayudar escoger dos hábitos  y fijarnos especialmente en esos. Cuando estén adquiridos, el niño los haga con facilidad, iremos introduciendo otros nuevos y así sucesivamente.

Os recomendamos que, previa a la incorporación al sistema educativo, el niño haya interiorizado cosas que se le va a pedir en el colegio: los hábitos de alimentación, vestido e higiene. Aunque los profesionales de la escuela le acompañen, los ritmos del día a día escolar implican ciertas autonomías, a veces demasiadas. En la medida en que en casa hayan podido gestionar por sí mismos algunas rutinas, también la adaptación será más fácil y la sensación de seguridad en el colegio será mayor.

¿Cómo integrar los errores del camino?

Queremos resaltar que el niño no tiene porqué conseguir hacer las cosas perfectas. Es decir, tenemos que tolerar, como padre o madre, que el proceso de aprendizaje conlleva tiempo, errores… Por ejemplo, no podemos pretender que el niño de 4 años ponga la mesa igual que lo haríamos nosotros: los cubiertos pueden que estén girados, la servilleta en el lado contrario o faltará algún vaso… Sin embargo, la ha puesto él y eso es lo que tenemos que reforzar.

Muchas veces el niño tardará más tiempo que nosotros en hacer algo… aquí toca ser pacientes. Esto requiere que seamos especialmente cuidadosos en el día a día con los tiempos, calcular para que de tiempo al niño a hacer cosas por sí mismo y no terminar haciéndolo siempre todo los padres urgidos por las prisas.

En la adquisición de ciertos hábitos de autonomía el niño puede equivocarse y no conseguirlo en determinados momentos. Que sea capaz de enfrentarse a sus propios errores es importante, ya que así buscará estrategias para conseguirlo. Un buen ejemplo de la importancia de equivocarnos es que el niño aprendiendo matemáticas puede confundirse al sumar, no por ello hacemos los deberes por él, ¿verdad?, lo mismo pasa con los hábitos. Le dejamos equivocarse, no hacerlo perfecto, para que poco a poco él vaya mejorando con nuestro acompañamiento, no con nuestra desaprobación.

Podemos celebrar y reírnos juntos de los errores para reforzar los pasitos que el niño va dando. Suelen ser útiles frases que recalquen esto es un proceso “es difícil, pero estás aprendiendo” ,” aún no sabes pero poco a poco sabrás”, “¿te acuerdas cuando mamá hacía esto por ti y ya sabes tu solito?” o reforzar directamente lo que sabe hacer “qué alegría que ya te vistes solito”, “uy, qué bien recoges”. Incluso puede ser interesante integrar las rutinas como un juego, de manera lúdica: poner música mientras nos lavamos los dientes, hacer cadena para recoger la mesa… ¡No todo tiene que ser a base de obligación!

En resumen, algunas claves para fomentar la autonomía son…
  • Aceptar que el niño crece y que cambian nuestros roles y funciones como padres.
  • Aportarle seguridad.
  • Elegir dos hábitos a entrenar.
  • Reforzar los aciertos e integrar los errores.
  • Mostrar confianza en sus capacidades.
  • Tener paciencia.

Y, sobretodo, ¡disfrutar viéndolos crecer!

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